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Un hotel con mucha historia para disfrutar de Sanlúcar de Barrameda como un marqués

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Seguro que has oído hablar de las famosas carreras de caballos en la playa en Sanlúcar de Barrameda o de la manzanilla, un vino que se produce en las bodegas de este municipio bajo la vigilancia de una estricta denominación de origen. Ambas son tradiciones que perduran hasta nuestros días y que cuentan con una larga historia que se remonta al S. XIX, uno de los periodos de mayor esplendor de esta bella ciudad de tesoros ocultos. Para descubrirla, lo mejor es perderse por sus calles y adentrarse en sus recovecos, esos sorprendentes rincones que atesoran restos de templos fenicios, leyendas sobre duques y descubrimientos del Nuevo Mundo.

Y es que, durante siglos, Sanlúcar fue un enclave estratégico que atrajo a marinos ávidos de engrosar sus arcas a través de los intercambios comerciales. Uno de los más famosos fue Félix Arizón, de origen irlandés y catalán, quien en 1709 se instaló en el municipio para trazar una red comercial con sus parientes a través del Mediterráneo, introduciendo vino, aguardiente y frutos secos procedentes de Cataluña. Su vivienda fue la sede de una de las compañías comerciales más importantes de su época. Tal fue su magnitud que llegaron a prestar a Felipe V varias naves de su flota y a ceder temporalmente los almacenes de la casa con todos sus beneficios.

Aquel hogar gaditano de los Arizón es hoy el hotel Palacio Marqués de Arizón, un encantador establecimiento erigido en un edificio declarado Bien de Interés Cultural, por ser la única antigua casa de cargadores de Indias que se conserva completa. Alojarse en cualquiera de sus 42 impactantes estancias equivale a hacer un viaje atrás en el tiempo y acercarse a las numerosísimas leyendas que rodean a esta casa-palacio que, en su momento, cumplía la doble función de ejercer tanto de residencia familiar como de espacio para almacenar mercancías.

Este conjunto arquitectónico de estilo barroco, propio del antiguo reino de Sevilla con toques de arquitectura tradicional gaditana, conserva estancias y elementos de un inconfundible valor histórico que conseguirán que el huésped viva una experiencia inolvidable. Desde el patio central, que cuenta con un antiguo pozo, se pueden apreciar las columnas de mármol y las reminiscencias de los coloridos diseños de las casas de indias.

Su interior acoge los espacios de lo que fueron los antiguos almacenes y bodegas para los productos de exportación; y posee elementos tan significativos como el entresuelo, la loggia, el oratorio, o un apeadero. Especial mención merece la riqueza de los materiales nobles empleados en la construcción del inmueble como mármoles, maderas americanas, herrajes o yeserías, así como las pinturas murales como las que decoran la singular capilla de estilo rococó y techo abovedado que se esconde en una de sus habitaciones.

Ascendiendo a los pisos superiores, como si de una incursión a la historia se tratase, nos trasladamos al siglo XVIII para rememorar como, desde la torre-mirador, se controlaban la entrada y salida de las flotas de barcos que llevaban a cabo los intercambios hispanoamericanos en la desembocadura del rio Guadalquivir.

El refranero popular, que nunca se equivoca, reza aquello de “No vale ser marqués, sino saberlo ser”. Y esta casa palacio es el lugar ideal para transportarte, a través de su historia y sus mitos a un pasado que ya solo existe en los libros.


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