El lugar, entendido como el conjunto de una serie de realidades físicas, topográficas, climatológicas, pero también de otro tipo, como históricas, económicas, familiares, etc., fue el punto de partida y de destino de este proyecto.
Un cantarral, conjunto de piedras depositadas por los agricultores que cultivaron las tierras sobre las que descansa la bodega en el límite de las mismas, marca y guía el desarrollo en planta de la bodega.
Esa línea quebrada de piedras, parecía tener vocación de convertirse en muro, y así, el proyecto adopta su geometría a dicha línea reutilizando las piedras para construir un muro que se convierte de esta forma en preexistencia sobre la que descansa una arquitectura blanca y tersa.
El resultado, una línea cóncava hacia el paisaje lejano, para amplificar las vistas desde el edificio hacia dicho paisaje, y convexa hacia el interior de la parcela, hacia los viñedos, con la intención de abrazarlos e “introducirlos” en el edificio mediante grandes paños de vidrio, en una suerte de fusión de la viticultura y la enología con un único fin, hacer vino.